Batalla de Cannas

Cannas es probablemente la batalla más famosa de toda la segunda guerra púnica. Aunque su desenlace no resultara trascendente en inclinar la victoria final en la guerra, sus enseñanzas tácticas aún son estudiadas en las academias militares de todo el mundo y son ríos y ríos de tinta los que se han escrito sobre la misma. Pese al tremendo golpe que supuso para Roma, probablemente actuó como acicate para mantener unidas a todas las facciones del Senado aminorando la lucha política entre ellas, logrando además el máximo sacrificio de toda la sociedad romana en pos de la victoria final.

Igualmente y aunque con un papel menor, supuso el inicio de la carrera de Publio Cornelio Escipión, más tarde apodado como “Africano”. A él se atribuye que se abortase un plan de rendición por parte de algunos nobles romanos, inmediatamente después de la derrota.

En este artículo se analiza la situación previa al enfrentamiento, los aspectos tácticos y las consecuencias, así como el curso de acción seguido tras la misma.

Las fuerzas implicadas

Poco antes de finalizar los seis meses de Dictadura de Fabio Máximo decretada tras la batalla de Trasimeno, se produjo el nombramiento como cónsul sufecto de Marco Atilio Régulo en sustitución del fallecido en Trasimeno, Cayo Flaminio, para ejercer el consulado en compañía de Cneo Servilio Gémino (Polibio, Historias, III, 106, 2 y Livio, AUC, XXII, 25, 16). Una vez se completaron los seis meses de Dictadura, los cónsules volvieon a estar al frente de los dos ejércitos consulares en sustitución del Dictador Fabio Máximo y su maestro de caballería Minucio Rufo (Livio, AUC, XXII, 31, 7), permaneciendo en el área de Geronio frente al ejército cartaginés, manteniendo con él una serie de escaramuzas de carácter menor, favorables al lado romano (Polibio, Historias, III, 106, 10 y Livio, AUC, XXII, 32, 1-4). Estos acontecimientos tuvieron lugar en el invierno de 216 a.C., antes de finalizar en los idus de marzo el mandato consular de un año. Celebradas las elecciones consulares, resultaron elegidos para sustituirlos Cayo Terencio Varrón y Lucio Emilio Paulo. Una vez tomaron posesión del cargo, permanecieron en Roma alistando nuevas tropas (Polibio, Historias, III, 106, 3 y Livio, AUC, XXII, 36, 1-5) para completar las plantillas de los dos ejércitos consulares, así como complementarlos con nuevos contingentes. Los cónsules del año anterior siguieron mientras tanto en calidad de procónsules al frente de los dos mencionados ejércitos consulares (Polibio, Historias, III, 106, 2 y Livio, AUC, XXII, 34, 1). Apenas se produjo la incorporación de los cónsules, Atilio Régulo regresó a Roma (Livio, AUC, XXII, 40, 5-6). Tuvo entonces lugar una escaramuza dirigida contra los forrajeadores romanos, repelida por el cónsul Emilio Paulo causando 1.700 bajas a los púnicos, pero renunciando a una persecución por temor a una trampa (Livio, AUC, XXII, 41, 1-4). Igualmente sucedió otro episodio estando en los alrededores de Geronio: Aníbal simuló el abandono de su campamento y emboscó a su ejército tras una colina esperando que el ejército romano se acercase a saquearlo. Tras un reconocimiento de una partida de caballería comandada por el prefecto aliado Mario Estatilio, se descubrió que se trataba de una treta, pese a lo cual Varrón tenía intención de saquearlo, pero finalmente no lo hizo por ser negativos los augurios y haberse fugado dos esclavos que informaron que los púnicos estaban emboscados en las cercanas colinas (Livio, AUC, XXII, 41, 6-9 y 43, 1). La escaramuza contra los forrajeadores y el intento de persecución, son comentados por Apiano (Guerra de Aníbal, 18) pero como sucedidos ya en las cercanías de Cannas, no de Geronio, incluyendo también los malos augurios. Tras esto y debido al agotamiento de recursos que sufría el área de Geronio, Aníbal decidió trasladarse a Apulia, dando un golpe de mano al tomar la ciudadela de Cannas (Polibio, Historias, III, 107, 2-3 y Zonaras, Epitome Historion, IX, 1, 9) donde los romanos albergaban un depósito de avituallamiento desde el cual recibían suministros. La propia localidad de Cannas ya había padecido el paso del ejército púnico el año anterior, cuando proveniente de Umbría atravesó el norte y centro de Apulia antes de dirigirse hacia el Ager Falernus (Polibio, Historias, III, 107, 4 y Livio, AUC, XXII, 9, 5-6). Los ejércitos consulares siguieron eludiendo el combate directo.

Cuando los cónsules tomaron el relevo, completaron las plantillas de los dos ejércitos consulares, cubriendo de ese modo las bajas que estos tuvieron durante el final de la campaña de 217 a.C. (Polibio, Historias, III, 107, 8-15) e incorporaron un ejército secundario adicional. Este nuevo ejército se formó sobre la base de las legiones urbanas existentes reclutadas el año anterior después del desastre de Trasimeno (Polibio, Historias, III, 88, 7 y Livio, AUC, XXII, 11, 2-3 y 11, 8-9). A su vez, estas fueron sustituidas en Roma a principio del consulado, alistando en su lugar dos nuevas legiones ciudadanas, de las que el Dictador Pera echaría mano más tarde (en el otoño de ese año 216 a.C.) para reconstruir el ejército (Livio, AUC, XXIII, 14, 2). De ese modo, las fuerzas romanas estaban constituidas por dos ejércitos consulares similares a los de la campaña de 217 a.C. (Apiano, Guerra de Aníbal, 9), de unos 30.000 infantes (10.000 romanos en dos legiones y 20.000 itálicos en dos alae que incluían los extraordinarii) y 2.400 jinetes (600 romanos y 1.800 itálicos) cada uno y ese tercer ejército de unos 21.200 hombres, formado en torno a las dos legiones urbanas del año anterior (con unos 5.000 hombres cada una), más dos alae de aliados itálicos simétricas a estas, además de unos 1.200 jinetes (600 romanos y 600 itálicos). En total 86.000 hombres. Este desglose permite explicar que el ejército principal de ese año 216 a.C. fuese la mitad más grande que el previamente existente (Livio, AUC, XXII, 40, 7), pues dicha campaña anterior el ejército romano debió acabarla con alrededor de 56.000 hombres (deduciendo a los efectivos teóricos de dos ejércitos consulares en ese momento-unos 32.400 hombres cada uno- las bajas de la campaña posterior a Trasimeno). Además, este renovado despliegue se logró reclutando únicamente dos legiones para sustituir a las urbanas del año anterior, lo que coincide también con los 10.000 hombres que Livio cuenta que son citados por algunas fuentes (Livio, AUC, XXII, 36, 2) encuadrados en dos legiones ciudadanas alistadas a principio de consulado (Livio, AUC, XXIII, 14, 2).

Cuando los cónsules se incorporaron con los refuerzos, conocemos que tuvieron que habilitar en Geronio un segundo campamento más pequeño (que situaron más próximo al de Aníbal), y que en el campamento primitivo quedó la mayor y más escogida parte de los soldados más veteranos, que por lógica eran los que había de la campaña anterior (Livio, AUC, XXII, 40, 5). Adicionalmente sabemos que justo antes de la batalla de Cannas, los romanos dispusieron el mismo esquema de dos campamentos (uno grande y otro pequeño) y que en el mayor contaban con dos tercios del total de tropas y en el menor un tercio (Polibio, Historias, III, 110, 8-10) y de nuevo este último estaba situado más próximo al enemigo. Y que en ese campamento pequeño, quedó bajo mando del procónsul Servilio Gémino una legión y 2.000 aliados (Livio, AUC, XXII, 40, 6). Esto induce a pensar que ese nuevo ejército acampaba en un recinto diferente al de los dos ejércitos consulares (los cuales únicamente recibieron soldados nuevos para completar su plantilla). Este modo de acampar en recintos distintos el ejército principal y el secundario, recuerda a lo sucedido nueve años después justo antes de la batalla de Metauro (Livio, AUC, XXVII, 46, 6). Para foguear con escaramuzas a este tercer ejército más novato, lo situaban siempre más próximo al enemigo. Cuando se aproximaron a Cannas el modus operandi para acampar se repitió (Livio, AUC, XXII, 44, 1-2).

En apoyo de esta tesis de que los romanos en Cannas tenían en realidad tres ejércitos (dos consulares y uno secundario) integrados en total por 6 legiones y sus alae (estas últimas tenían un tamaño diferente entre sí: 10.000 infantes en las de los ejércitos consulares por incluir una dotación reforzada de extraordinarii y 5.000 en las del tercer ejército que por no tener extraordinarii eran simétricas a las de las legiones), está el hecho del número de tribunos militares que conocemos. Cada legión contaba con seis de ellos. Lo que para un total de seis legiones nos daría 36 tribunos. Livio cuenta que en la batalla mueren 29. Menciona también como huido (Livio, AUC, XXII, 49, 6-13) y superviviente a Cneo Léntulo (el que trata de socorrer a Emilio Paulo). Igualmente cita como componentes del núcleo de tribunos que reorganiza a los supervivientes a Lucio Publicio Bíbulo, Quinto Fabio (hijo de Fabio Máximo), Publio Escipión (más tarde Africano) y Apio Claudio Pulcro (Livio, AUC, XXII, 53, 1-4). A estos cuatro suma (Livio, AUC, XII, 50, 6-11) a Sempronio Tuditano (quien encabeza la huida del campamento menor). Lo que nos da un total de 35. Frontino (Estratagemas, IV, 5, 7) despeja la duda de quien sería el número 36 cuando describe el escape del campamento menor. Junto a Sempronio Tuditano, sitúa a otro tribuno: Cneo Octavio (quien años después sería pretor en Cerdeña, propretor de la flota allí estacionada y lugarteniente en Zama de Escipión). Es probable la existencia de otros tribunos supervivientes cuyos nombres no hayan trascendido, pero parece poco probable que sean 12, si hiciésemos caso a Polibio y sus 8 legiones (Polibio, Historias, III, 107, 9), y que pese a sobrevivir (si creemos a Livio y su cifra de 29 tribunos muertos), no aparezcan nombrados en el cónclave de tribunos que reorganizan la situación tras la derrota o entre los que encabezan la huida de algún grupo hacia Canusio. Por otro lado 7 tribunos vivos de 36, supone una supervivencia cercana al 20%, cifra algo alejada del aproximadamente 44% de supervivientes del total de ejército romano (incluidos los que caen prisioneros), pero dentro de la lógica de que suelen caer porcentualmente más militares con rango que soldados rasos. El porcentaje que arrojaría este análisis para los datos de Polibio implicaría una superviviencia de los tribunos de casi un 40%, ligeramente inferior a la de la masa de tropas. Por último, es significativo que seis de esos siete tribunos conocidos tuvieron una exitosa carrera política, y caso de haber doce más (siguiendo lo narrado por Polibio), no hubiesen  tenido un similar grado de éxito que les hubiese otorgado magistraturas destacadas, y en tal caso que hubiese trascendido su vínculo con la batalla de Cannas.

Por el lado cartaginés, el ejército estaba constituido por los supervivientes de la campaña anterior. Cuando cruzó los Apeninos en la primavera de 217 a.C. para entrar en Etruria desde la Galia Cisalpina, lo hizo con unos 50.000 infantes y 10.000 jinetes. Tras los sucesivos enfrentamientos y batallas en Trasimeno contra Cayo Flamino (Apiano, Guerra de Aníbal, 10; Polibio, Historias, III, 82, 10) y Livio, AUC, XXII, 4, 2 a 6-12), pantanos de Plestia contra Cayo Centenio (Apiano, Guerra de Aníbal, 11; Polibio, Historias, III, 86, 3-5 y Livio, AUC, XXII, 8, 1-2), intento de asalto de Spoletium (Livio, AUC, XXII, 9, 1-2), toma de Telesia (Livio, AUC, XXII, 13, 1), Ager Falernus contra Lucio Hostilio Mancino (Livio, AUC, XXII, 15, 3-10), Paso de Tarracina contra Fabio Máximo (Livio, AUC, XXII, 15, 11 a 16, 3), Monte Galícano de nuevo contra Fabio Máximo (Livio, AUC, XXII, 16, 5 a 18, 4), 1ª batalla de Geronium contra Minucio Rufo (Livio, AUC, XXII, 24, 1-14), 2ª batalla de Geronium contra Minucio Rufo y Fabio Máximo (Livio, AUC, XXII, 28, 3 a 29, 6) y la toma de la fortificación de Cannas (Polibio, Historias, III, 107, 2-3), sus efectivos quedaron reducidos a unos 41.000 infantes y 10.000 jinetes (Polibio, Historias, III, 114, 5).

Sucesos previos a la batalla

Los romanos se movieron y tras dos días de marcha acamparon a unos 9 km de distancia de los cartagineses (Polibio, Historias, III, 110, 1). Al día siguiente, ostentando el mando Varrón, decidió mover su real para acercarlo al de los cartagineses, circunstancia aprovechada por Aníbal para atacarlos con su caballería e infantería ligera. Aunque con apuros y pese a que los combates se prolongaron hasta la noche, consiguió repeler el ataque y cumplir su cometido de aproximarse al enemigo (Polibio, Historias, III, 110, 4-7). Emilio Paulo que tenía el mando el día después, tal y como ya se ha comentado, ordenó que un tercio de las tropas se instalase en un campamento más pequeño al otro lado del Áufido, en su ribera oriental, a una distancia de menos de 2 km del campamento principal que estaba en la otra orilla, de modo que se cubriese desde ambos recintos a los forrajeadores propios y se pudiese tener controlados a los enemigos. El campamento cartaginés se encontraba a unos 2 km del emplazamiento menor romano (Polibio, Historias, III, 110, 8-11). Este campamento romano al otro lado del río debe ser el que Livio cita como el de menor tamaño, el cual estaría bajo mando de Servilio Gémino. Ante esta maniobra, Aníbal trasladó su campamento al mismo lado del río en que se encontraba el campamento principal romano (Polibio, Historias, III, 111, 11). Livio omite este traslado, pero sitúa el campamento cartaginés cercano al poblado de Cannas (AUC, XXII, 43, 10). De ese modo el lado del río donde estaba el campamento menor romano, quedó sin fuerzas púnicas (Livio, AUC, XXII, 44, 3-4). Al día siguiente sacó sus tropas a ofrecer batalla, pero estando Emilio Paulo al mando rehusó el combate, por lo que el general cartaginés mandó hostigar con la caballería númida las defensas del campamento principal romano. La inacción romana provocó fuertes discrepancias entre ambos cónsules pues Varrón era partidario de ir al combate contra el enemigo (Livio, AUC, XXII, 44, 4-7). Ante la falta de respuesta romana, Aníbal ordenó a los númidas atacar a los aguadores romanos del campamento menor para privarles del líquido elemento (Polibio, Historias, III, 112, 1-5, Livio, AUC, XXII, 45, 1-2 y Zonaras, Epitome Historion, IX, 1, 11). Estas acciones sucedidas estando el mando en manos de Emilio Paulo, implican que el traslado del campamento cartaginés se hizo un día en que mandaba Varrón, lo que apunta a que tuvo lugar el día después de que Emilio ordenara montar el campamento menor al otro lado del río. Polibio da como ganador de esta refriega al bando cartaginés al lograr privar a los romanos del agua del río, y Livio refrenda el resultado (AUC, XXII, 45, 3-4). Debido a que la mayoría quería combatir, al día siguiente, presionado por Varrón quien le habría cedido el mando, Emilio Paulo sacó las tropas, pero Aníbal habría rehusado. Sería el día después con Varrón al frente cuando se produciría el encuentro (Apiano, Guerra de Aníbal, 19). Livio por el contrario refleja que Varrón no cedió mando alguno y al día siguiente del ataque a los aguadores formó para el combate (Livio, AUC, XXII, 45, 5).

Análisis del escenario de la batalla

Tras cruzar el río las tropas del campamento mayor y situarse para la batalla junto a las del campamento menor (Livio, AUC, XXII, 45, 5), el ejército romano quedó orientado al sur (Polibio, Historias, III, 113, 1-3). El río Áufido tiene en esta zona su curso orientado hacia el noreste. Al mismo tiempo el ejército cartaginés, también pasó el río quedando mirando al norte (Polibio, Historias, III, 113, 6 y Livio, AUC, XXII, 46, 9). De este modo el viento Volturno quedaba a su espalda. Hoy en día (y por tanto puede inferirse que también hace 2.200 años) en la zona los vientos más comunes que se presentan son marítimos como el Levante (E), el Siroco (SE), el Gregal (NE), el Maestral (NO), o la Tramontana (N) o del interior como el Leveche (SO). Conocemos que de la línea de combate, un ala de ambos ejércitos se situaba junto al río, y la otra orientada hacia el mar (Apiano, Guerra de Aníbal, 21), lo que indica que el frente de batalla seguía una dirección NO-SE, ligeramente perpendicular al cauce del río. Esto hace girar ligeramente el eje O-E planteado por Polibio cuando decía que un ejército miraba al sur y otro al norte, y reduce los vientos candidatos a ser el Volturno a dos: El Gregal y el Leveche.

El primero tiene su máxima fuerza y es más frecuente de octubre a marzo. Sin embargo, la fecha de la batalla es conocida por las menciones existentes al libro V de los desaparecidos “Anales” de Quinto Claudio Cuadrigario (Macrobio, Saturnalia, 1, 16, 26 y Aulo Gelio, Noches Áticas, Libro V, 17). En dichos “Anales” se sitúa la batalla en el cuarto día antes de las Nonas Sextiles, lo que en un calendario actual sería el 2 de agosto.

Por otra parte, el segundo de los vientos es de origen suroeste, estando en esa dirección el cercano monte Vulture, lo que unido a su sequedad en verano como acertadamente señala M. L. Rotondo (Saggio politico su la populazione, e le pubbliche contribuzioni del Regno delle due Sicilie al di quà del Taro), le hace el mejor candidato para haber sido el decisivo viento Volturno descrito por los diversos autores clásicos. Esta hipótesis supone que el Volturno era un viento que proveniente del suroeste seguía el cauce del río Áufido (Ofanto) con dirección noreste. Para que el ejército romano lo recibiese de cara debía estar situado mirando al suroeste. Sin embargo, es de reseñar que de acuerdo a Zonaras (Epitome Historion, IX, 1, 9) y a Livio (que en lo que respecta a la orientación de los ejércitos en la batalla parece seguir principalmente a Polibio) el viento sería del sur (Livio, AUC, XXII, 46, 9). Floro, el epitomador de Livio, denomina al viento aparecido en la batalla como Euro, que es un viento del E o SE (Floro, Epítome de la Hª de Tito Livio, I, II, 6, 16). Sin embargo otras fuentes si señalan al Volturno como un viento que seguía el cauce del río (Frontino, Estratagemas, II, 2, 7).

Si miramos la llanura situada entre la población de Cannas y el río, observamos el monte Vulture en el horizonte perfectamente alineado con el cauce y además una cadena de suaves colinas que discurre paralela al Áufido, la cual apreciamos en el lado izquierdo de la foto aérea. Entre estas lomas (donde asienta la citada localidad) y el río, queda delimitado un llano de anchura variable entre 600 y 1.200 m.

Vista campo batalla desde lado romano v2

Ningún ejército dispuesto perpendicularmente al eje longitudinal de este valle tendría el sol directamente de cara, tal y como afirma Polibio (Historias, III, 114, 8), aunque si los cartagineses eran los situados aguas arriba, les daría lateralmente durante las primeras horas de la mañana. No obstante, para minimizar esto, Aníbal dilató la salida de sus tropas hasta la segunda hora de luz (Apiano, Guerra de Aníbal, 20).

Otro tema a considerar es la existencia de colinas junto al campo de batalla, refrendada por diversos autores (Apiano, Guerra de Aníbal, 20 y Zonaras, Epitome Historion, IX, 1, 12)

Escena batalla Cannas - v5

Hay una mención a la existencia de bosques (Apiano, Guerra de Aníbal, 20) en las cercanías del campo de batalla. Dado que en esta zona de Apulia el cultivo de cereal era predominante (hoy día es también un área agrícola), parece más lógico que dicha plantación se hiciese en los llanos mientras el arbolado creciese en los lugares con más pendiente, por lo que posiblemente este bosque o sotobosque estaba en las colinas donde asentaba la población de Cannas.

No se conoce (al contrario que en la batalla de Trebia) ningún comentario al respecto de que el ejército derrotado fuese aprisionado contra el río. Si bien el Aúfido en pleno verano y con fortísimo estiaje, no debía suponer un gran obstáculo incluso para los restos de un ejército en retirada o franca huída, como fue el caso. No en vano, debió ser cruzado por al menos tres sitios diferentes por el grueso de ambos ejércitos con el fin de situarse para la batalla (Polibio, Historias, III, 113, 2 y 6).

A estos factores añadimos que 2.000 jinetes romanos huyeron a la villa de Cannas (Polibio, Historias, III, 117, 12; Livio, AUC, XXII, 49, 13 y Apiano, Guerra de Aníbal, 24), lo que indica su proximidad al campo de batalla. Un combate en la margen oriental del río, con un ejército romano en la parte noreste y el cartaginés en la suroeste del campo de batalla, y todo ello situado en las proximidades de la población de Cannas, da la posibilidad a una parte de los romanos que escapan de la batalla principal, de que en su retirada puedan optar por dirigirse a esta población.

Esta disposición además permite que al inicio del combate el ejército romano tenga su ala derecha y el cartaginés su izquierda, junto al cauce fluvial (Polibio, Historias, III, 113, 3-4 y Livio, AUC, XXII, 45, 6-7). Además el ala izquierda romana quedaría orientada al mar (Apiano, Guerra de Aníbal, 21).

Escena batalla Cannas - v31

Posición inicial de los ejércitos romano (NE) y cartaginés (SO)

Aunque la disposición representada en el gráfico no encaja al 100% con la descripción polibiana, aparte de las variaciones de cauce que el Áufido pueda haber sufrido en 2.200 años, se desajusta únicamente en la orientación norte-sur de romanos  y cartagineses (aquí es noreste-suroeste).

Pero en un escenario como el explicado más arriba, ¿cabe la cantidad de tropas que sabemos que hubo en el enfrentamiento principal de la batalla? Las dimesiones del llano anteriormente descrito son de alrededor de 3 km de longitud por entre 600 y 1.200 m de anchura.

Por parte romana la infantería rondaba los 80.000 hombres y la caballería los 6.000, mientras que los cartagineses eran poco más de 40.000 infantes y 10.000 jinetes. Conocemos que de las fuerzas romanas 10.000 hombres atacaron en la otra margen del río el campamento cartaginés al mismo tiempo que se desarrollaba el combate principal en la otra ribera (Polibio, Historias, III, 117, 8). Si restamos unos 1.000 infantes de guarnición en cada campamento, nos quedan para el escenario principal unos 68.000 infantes en el bando romano y 40.000 en el de sus oponentes.

Durante la segunda guerra púnica la estructura del ejército romano se basaba en la legión manipular. En esta existían cuatro tipos de infantes: Los hostigadores (que cuatro años después durante el asedio de Capua pasaron a llamarse velites), los hastatii, los princeps y los triarii. Los primeros agrupaban a jabalineros y arqueros pudiendo englobarse dentro de lo que denominamos infantería ligera. Su disposición táctica era irregular y solían acompañar a la caballería, actuar como vanguardia lanzando armas arrojadizas o apoyar a la infantería pesada. Las tres últimas categorías corresponden a infantes pesados. Estas combatían agrupadas en manípulos que constituían la unidad táctica de la legión. Cada manípulo constaba de la décima parte del total de hombres de una determinada categoría de infantería pesada más la parte proporcional de infantes ligeros integrados con ellos. De acuerdo a la denominada legión polibiana (Polibio, Historias, VI, 21 a 24), cuando la misma tenía 4.200 infantes, estos se dividían en 1.200 velites (infante ligero), 1.200 hastatii, 1.200 princeps y 600 triarii. Por cada cinco infantes pesados había dos ligeros. Polibio describe que estos velites se integraban proporcionalmente en los manípulos de la infantería pesada (Polibio, Historias, VI, 24, 4), lo que implica que a los hastatii y princeps se les asignaba 480 velites a cada uno y a los triarii 240. De ese modo cada manípulo de hastati o de princeps contaba con su décima parte del total de su categoría (120 hombres) más la décima parte de los velites adscritos a la categoría en cuestión (48 hombres), totalizando 168 integrantes. Para los manípulos de trarii es igual sumando 84 soldados (60 + 24). Pero si la legión pasaba de 4.200 infantes, permanecía invariable el número de triarii en 600, repartiéndose el exceso proporcionalmente entre las otras tres categorías (Polibio, Historias, VI, 21, 7). Esto último es un tema de compleja interpretación. Dado que la estructura de la legión se basaba en el manípulo, parece poco probable que un aumento en el número de legionarios, alterase el número de integrantes de los manípulos pues si se hiciese así, al variar su número debería cambiarse el número de centuriones. Así pues la explicación más lógica es que manteniendo la proporción entre infantes pesados y velites, se incremente el número de manípulos de hastatii y princeps con el mismo porcentaje de infantes ligeros vs pesados que en los manípulos de la legión de 4.200 soldados. En Cannas las legiones romanas contaban con 5.000 infantes, pero de seguir la misma estructura y organización que en la época en que Polibio escribió sus “Historias” (cerca de 70 años después de esta batalla), esta cantidad no coincide exactamente con un número de soldados que encaje con esta manera de distribuirlos en manípulos. Se ha elaborado la siguiente tabla donde se aprecia esto para distintos incrementos en el número de infantes:

Estructura legión manipular

Observamos que hay dos cantidades de infantes de la legión (4.872 y 5.208) que se acercan a esos 5.000. Encontramos una referencia a legiones con 5.200 soldados durante la crisis de la invasión gala de Etruria (Polibio, Historias, II, 24, 3) apenas nueve años antes. Pareciera pues que la cifra de 5.000 integrantes por legión fuese en realidad un redondeo hecho por el historiador. En las legiones que fueron a África con Escipión, conocemos que había 6.200 hombres (Livio, AUC, XXIX, 24, 14), lo cual coincide con  esta manera de distribuirlos. Así, de ser acertada esta suposición de que las legiones eran de 5.208 infantes, tendrían 13 manípulos de hastati, otros tantos de princeps y 10 de triarii. Esta descomposición permite destripar el orden de batalla romano para este encuentro. Al considerar que tenían seis legiones con sus alae y que, como hemos visto, durante la batalla una legión y su alae atacaron el campamento enemigo, nos queda que en la batalla alinearon cinco legiones y sus correspondientes alae sociourum.

Estas alae, en el caso de los ejércitos consulares no eran simétricas a las legiones al contar con un número adicional de hombres, los extraordinarii. Durante 217 a.C., los ejércitos consulares romanos amentaron su tamaño hasta los 30.000 infantes (Apiano, Guerra de Aníbal, 9), algo conseguido incrementando el número de legionarios por legión a 5.000 (con la salvedad reseñada de que se trate de cifras redondeadas) y aportando los aliados el doble de tropas que los romanos (Apiano, Guerra de Aníbal, 8). Así pues, el ejército romano que participó en la batalla principal de Cannas habría estado integrado en total por cinco legiones, cuatro alaes “consulares” con el doble de integrantes que las legiones a las que acompañaban, y un alae “convencional”, simétrica a la legión del tercer ejército que se ha explicado que estuvo presente. Por lógica, estas “alaes” debían contar con una estructura similar a la de las legiones, si bien las reseñas que aparecen principalmente en Livio, mencionan un agrupamiento de las tropas aliadas en cohortes distinto a los manípulos de las legiones (Livio, AUC, XXVII, 13, 9). Estas cohortes parecen asociadas al lugar de enrolamiento de los soldados que las integraban (Livio, AUC, XXIII, 14, 2 y 17, 11; XXIV, 20, 1; XXV, 14, 4), aparentando ser una especie de unidad de reclutamiento que aportaban los aliados, tal vez vinculada a la existencia de variedades dialectales que hacían aconsejable agrupar a los de un mismo sitio en un misma subunidad. Muy posiblemente sus integrantes sumaban el equivalente a tres manípulos (Livio, AUC, XXII, 17, 8 y 11). Por la manera de combatir del ejército romano de modo secuenciado en líneas diferenciadas (hastatii, princeps y triarii), y las menciones a ataques llevados a cabo por una cohorte, estas debieran integrar al mismo tipo de infante. Por lo tanto, en lo sucesivo asumimos esta equivalencia de una cohorte a tres manípulos. Cinco legiones (de 5.208 infantes cada una), cuatro alaes consulares (de 10.416 soldados cada una) y una convencional (de 5.208 infantes) debían totalizar un máximo de 72.912 hombres (a dotación completa) distribuidos en el equivalente a 182 manípulos de hastatii, otros 182 de princeps y 140 de triarii. Si restamos tres manípulos de hastatii y otros tres de princeps (que suman unos 1.008 soldados) como guarnición de cada campamento, nos queda un total de 176 manípulos de hastatii, 176 de princeps y 140 de triarii disponibles para el combate.

Hechas estas disquisiciones, ¿era posible desplegar estas tropas en ese campo de batalla?

Hay una importante cita que aclara que la profundidad de los manípulos romanos era mucho mayor que su frente (Polibio, Historias, III, 113, 3-4). Esto induce a pensar en un campo de batalla estrecho. Una de las ventajas romanas era el número frente a sus oponentes, cerca del doble de infantes. En un campo de batalla más ancho podrían haber flanqueado al ejército púnico extendiendo su línea. Pero si bien Aníbal gozaba de superioridad en caballería, es lógico pensar que no aceptara el riesgo de un campo de batalla cuya anchura permitiese que la infantería enemiga tuviese un frente más ancho que el que podía ofrecer la suya. Y por otro lado, los romanos, inferiores en caballería, no querían un escenario tan ancho como para que la caballería enemiga pudiese evolucionar libremente. Por lo tanto es muy probable que ambos contendientes buscasen campos de batalla como este que estamos analizando. Como consecuencia, esta llanura obligaba a que las formaciones ganasen  en profundidad para poder caber en él.

El primer punto a tratar es la disposición geométrica de un manípulo. A continuación se presentan posibles esquemas, desde algunos más cuadrados a otros rectangulares con poco frente y mucha profundidad. Dada la cita de Polibio, parece que estos últimos respondan mejor a lo dicho por el autor aqueo por lo que tomamos el modelo de 6 x 28 como el que pudo haber.

Disposición geométrica de un manípulo

Si se dejó una segunda fila de manípulos de hastati igual a la primera para hacer relevos, los 176 manípulos formarían en dos líneas de 88 manípulos cada una. Análogamente pasaría con los princeps, mientras que los 140 de triarii, tendrían que o bien completar una línea con el mismo número de 88 manípulos, quedando la segunda con solo 52, o bien constituir dos filas simétricas de 70 manípulos cada una, algo más cortas que las de sus predecesores. Polibio nos da una pista al informar que la formación romana se engrosaba en el centro siendo más delgada en las alas, al contrario que la línea púnica (Polibio, Historias, III, 115, 6-7). Ese engrosamiento podía lograrse concentrando en el centro los manípulos de triarii de la última fila. Por lo tanto se ha optado por una disposición en la que la última alineación de triarii tendría únicamente 52 manípulos.

Disposición geométrica de la formación romana v2

Una formación como la propuesta, tendría una vanguardia de 528 infantes (88 manípulos x 6 soldados al frente por manípulo). Si combatieron en orden cerrado necesitarían unos tres pies (0,9 m) por soldado (Vegecio, De rei militaris, 3, XV), lo que implica que serían necesarios unos 475 m. El ancho mínimo del campo de batalla era de unos 600 m, lo que significa que con esta disposición quedarían unos 125 m para distribuir la caballería romana en ambas alas.

Sabemos que los romanos situaron en el ala izquierda la caballería aliada mientras en la derecha estaba la romana. Suponiendo que toda la caballería estuviese en el combate principal, ascendían respectivamente a 4.200 (4 alaes consulares a 900 caballeros por alae y dos alaes convencionales con 300 jinetes cada una) y 1.800 jinetes (300 por cada una de las seis legiones). En formación cerrada un caballo precisa de 1,5 m de anchura. Dejando 90 m en el ala izquierda cabrían 60 caballos al frente. Con 45 m en el lado derecho habría espacio para 30 caballos.

La unidad táctica de la caballería era la turmae, integrada por 30 jinetes. Eso significa que la caballería aliada contaba con 140 turmae y la romana con 60. Lo cual permitía alinear de frente dos turmae en el lado de los itálicos y una en el de los romanos. Así pues, en unas 70 filas se podía concentrar toda la caballería aliada, mientras la romana cabría en 60 filas. Sin embargo, Servilio, Emilio Paulo y Varrón habrían contado cada uno con 1.000 jinetes como reserva (Apiano, Guerra de Aníbal, 19), lo que suponía la mitad de efectivos totales de este arma. O sea, unas 100 turmae en vanguardia distribuidas asimétricamente en las dos alas (dos tercios en la izquierda y un tercio a la derecha) y otras 100 en retaguardia repartidas en los extremos y el centro en grupos de igual magnitud (33 turmae en cada sitio).

Estas cifras ofrecen un frente de batalla a la caballería extremadamente estrecho y prácticamente suponen un embotellamiento de la misma por falta de anchura. Pero hay algunas informaciones que nos dan indicios de que pudo ser así cuando conocemos que la caballería romana del ala derecha descabalgó para luchar (Polibio, Historias, III, 115, 3). Algo que tendría lógica si no había espacio para desenvolverse con su montura, llegando al amontonamiento y al combate estático. Pero es Livio quien confirma esta falta de espacio cuando dice textualmente “despues se produjo el choque entre el ala izquierda de los jinetes galos e hispanos y el ala derecha romana, sin atenerse en absoluto al estilo de lucha de la caballería, pues tenían que chocar de frente porque no había quedado alrededor ningún espacio para evolucionar y por un lado los cerraba el río y por el otro las líneas de infantería” (Livio, AUC, XXII, 47, 1-2). Pero si la caballería romana estaba amontonada, ¿qué pasaría con la púnica mucho más numerosa? Apiano nos da una pista cuando cuenta que Aníbal, que comandaba el centro de su línea, retuvo 2.000 jinetes consigo y Maharbal otros 1.000 como reserva, destinando el resto a las alas (Apiano, Guerra de Aníbal, 20). Esto deja unos 7.000 en los extremos, para oponerse a los 3.000 de la vanguardia del bando opuesto distribuidos en ambas alas.

¿Qué profundidad en total tendría entonces el dispositivo romano? Hemos supuesto que los manípulos de hastatii y de princeps tenían 28 hombres de fondo y los de triarii 14, existiendo además dos filas de cada uno de ellos. Si entre cada fila de manípulos había un espacio para maniobra igual al fondo del manípulo precedente, desde la parte delantera de la primera línea hasta la trasera de la última, cabrían 266 hombres, que en orden cerrado ocuparían unos 240 m. Para la caballería, supuesta una distancia de 4 m de largo para cada caballo, y que no se dejase espacio entre líneas de ellos, las 66 turmae de la vanguardia de la caballería aliada, a dos turmae por fila se desplegaría en unas 33 filas, que requerirían un fondo de 132 m. La caballería romana, a una turmae por fila precisaría también 33 filas, o lo que es lo mismo, 132 m de fondo. Las 33 turmae de reserva en cada una de las tres zonas, supuesto que se dispusiesen de modo parejo en anchura a las que les precedían en los extremos,  se desplegarían como máximo en otras 33 filas, lo que supone otros 132 m. Considerando además un espacio entre vanguardia y reserva, suma un total de no más de 300 m de profundidad. O dicho de otro modo, el ejército romano cabía en un espacio de 600 m de ancho por 300 m de fondo.

El menos numeroso despliegue cartaginés debía ocupar el mismo ancho que el romano, pero lógicamente, al tener menos infantes, su profundidad sería menor. Aunque la más numerosa caballería hubiese ocupado algo más de anchura que su contraparte romana, 40.000 infantes, a unos 500 infantes por fila (frente a los 528 de sus oponentes), suponen unas 80 filas de profundidad. Desconocemos el tamaño y agrupamiento de la unidad táctica del ejército cartaginés, aunque Livio se refiera a ellas como cohortes. La infantería ligera, al igual que en el ejército romano, tras las escaramuzas iniciales debía mantener su presencia durante toda la batalla integrada con los infantes pesados (posiblemente en una posición más retrasada que estos actuando como lanzadores de armas arrojadizas). Por ello no los restamos del total de infantería a efectos de cálculo. Esas 80 filas de profundidad debían estar agrupadas a efectos de relevos, en no menos de tres o cuatro líneas con sus correspondientes espaciamientos para maniobra. Difícilmente su fondo excediera los 150 m. La caballería de las alas, en volumen la hemos considerado como superior a la romana, siendo lo más destacable la existencia de esos dos cuerpos de reserva a retaguardia en manos de Aníbal y Maharbal. Aún con ello, su profundidad total no debía exceder los mismos 300 m de sus oponentes.

Si el campo de batalla medía 3 km, aunque desconocemos la línea de partida de cada contendiente, esto deja en el mejor de los casos 2,4 km de holgura. Dado que en el centro del llano hay una zona más ancha con entre 1.000 y 1.200 m de anchura y un desarrollo de 850 de longitud, posiblemente los contendientes partieron cerca de este área.

A lo largo del tiempo, la mayor parte de investigadores y seguidores del tema han minimizado este aspecto y han visto en la superioridad numérica cartaginesa en caballería el factor clave, colocando el escenario de la batalla en sitios donde esa numerosa caballería pudiese desenvolverse. Pero a lo que apunta el sitio que se propone en este artículo es a un campo de batalla muy estrecho, en el que los romanos renunciaron a su capacidad de flanqueo con la infantería a cambio de que los cartagineses, a priori, renunciasen a la de maniobra de su caballería.

Los campamentos

Sabemos que tras pasar el invierno y la primavera en las cercanías de Geronio, Aníbal se acercó a Cannas acampando en las cercanías de la población (Livio, AUC, XXII, 43, 10). Por su parte, los romanos emprendieron su persecución llegando a la misma zona, montando dos campamentos. El menor en la ribera oriental del río Áufido y el mayor en la otra orilla (Polibio, Historias, III, 110, 8-11).  El campamento mayor estaba en el lado del río por el que venían los romanos (en la ribera occidental ya que llegaron de la campiña de Larino). Esa idea de estar el campamento menor en el lado del río más alejado respecto a la posición de la que provenían, es refrendada por Livio al decir que estaba en la margen “de allá” (AUC, XXII, 44, 3). Las distancias relativas son de unos 1.700 m (10 estadios) entre los reales romanos y de algo más de esta distancia entre el campamento menor  y el púnico (Polibio, Historias, III, 110, 10). Sabemos que entre el campamento menor romano y el río había algo de distancia pues la caballería púnica atacó a los aguadores romanos mientras cubrían ese trayecto (Polibio, Historias, III, 112, 3-4; Livio, AUC, XXII, 45, 2-4 y Zonaras, Epitome Historion, IX, 1, 11). En el siguiente gráfico se sitúa las posiciones relativas de los campamentos romanos y cartaginés descritos anteriormente. Se ha puesto sobre las colinas los situados en el lado oriental del Áufido como medida de precaución lógica, aunque su elevación es mínima y las fuentes no lo citan en ningún momento.

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Pero antes del combate, Aníbal trasladó su campamento al mismo lado del río donde estaba el campamento mayor de sus enemigos, dejando la ribera oriental sin presencia púnica (Polibio, Historias, III, 111, 11 y Livio, AUC, XXII, 44, 3).

Que el atrincheramiento púnico estaba al oeste de los romanos se deduce también del hecho de que Aníbal ordenó arrojar cadáveres aguas arriba de los pozos excavados por los romanos, con la intención de infectarlos (Zonaras, Epitome Historion, IX, 1, 11). De estar su campamento aguas abajo del romano, habría envenenado también el agua consumida por ellos, además de tener que dar un rodeo a los campamentos enemigos para arrojar esos cuerpos en descomposición, que podrían ser fácilmente apartados cuando se retirasen. Así pues, la disposición final de los campamentos antes de la batalla quedó así:

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Por último, esta situación previa al combate es coherente con el hecho de que el ejército romano desde su campamento principal y el cartaginés desde el suyo, debieron cruzar el río con sus tropas para colocarse en el campo de batalla (Polibio, Historias, III, 113, 2 y 6; Livio, AUC, XXII, 45, 5-6 y 46, 1).

Desarrollo de la batalla

El primer aspecto a considerar es quien se presentó primero en el campo de batalla. Polibio y Livio en su narración cuentan antes el cruce del río por parte romana (Polibio, Historias, III, 113, 1 y Livio, AUC, XXII, 45, 5-6 y 46, 1), si bien esto no indica que fuesen los primeros en hacerlo. De hecho, Polibio sitúa temporalmente la salida romana del campamento al alborear, pero señala que el ejército cartaginés salió en un ambiguo “mismo momento” precedido por sus tropas hostigadoras (Polibio, Historias, III, 113, 6). Apiano habla de un ofrecimiento de batalla por los romanos el día antes, sin que tuviese respuesta púnica, pero no especifica quien de los dos bajó primero al campo de batalla (Apiano, Guerra de Aníbal, 19). Tal vez esta formación del frente de batalla romano tuviese lugar mientras los enemigos movían su campamento, lo que explicaría que no aceptasen el envite. Sin embargo Zonaras sí especifica que fueron los cartagineses los que iniciaron el movimiento el día de la batalla (Zonaras, Epitome Historion, IX, 1, 13). Esto sería coherente con lo ocurrido el día en que la caballería púnica atacó a los aguadores romanos del campamento menor, en el cual las huestes cartaginesas tomaron la iniciativa alineándose primero para la batalla.

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La descripción de la batalla es uno de los aspectos de la misma que más se prestan a debate. La disposición de las fuerzas principales de ambos ejércitos en la batalla es sensiblemente coincidente entre los diversos autores. Sin embargo los sectores que mandaban los diferentes mandos en los dos bandos, difiere según sea la fuente empleada.

Por parte romana las versiones varían. Según Livio (AUC, XXII, 45, 7) y Polibio (Historias, III, 113, 4-5), la infantería ligera (velites) se alineó precediendo al grueso de la infantería pesada. Apiano sin embargo sitúa a esta mezclada con la caballería, cubriendo las alas del grueso de la formación. Añade que la infantería se colocó en tres cuerpos separados escasamente, con infantería en el centro y caballería en las alas, que debieran corresponder con las habituales tres líneas de hastatii, princeps y triarii (Apiano, Guerra de Aníbal, 19). Cabe suponer que tras el choque inicial esta infantería ligera se reintegrara a los manípulos de infantería pesada para mantener la presión del lanzamiento contínuo de armas arrojadizas sobre el enemigo. Este primer encuentro habría sido favorable a los púnicos (Frontino, Estratagemas, II, 3, 7). Otros autores lo consideran indeciso hasta que las caballerías de ambos bandos chocaron junto al río imponiéndose entonces los púnicos (Polibio, Historias, III, 115,  1-4).

Livio cuenta que la caballería romana se situó a la derecha en el extremo de la formación; junto a ella la infantería romana, mientras las fuerzas aliadas se situaban en el lado izquierdo con la caballería igualmente al extremo de la línea (AUC, XXII, 45, 6-7). Por ser esta mucho más numerosa que la romana, la formación quedaba asimétrica en los extremos. Polibio de manera menos clara parece avalar lo dicho por Livio al contar que en el ala izquierda romana la “caballería aliada” se dio a la fuga cuando llegaron los jinetes cartagineses del otro ala tras derrotar a los del ala derecha romana (Historias, III, 116, 6).

Por parte cartaginesa, Aníbal envió por delante a los baleares y el resto de infantería ligera. Situó a la caballería gala e hispana cerca de la orilla del río, en el ala izquierda, frente a la caballería romana; el ala derecha se asignó a los jinetes númidas. El centro estaba compuesto por un fuerte cuerpo de infantería, con galos e hispanos en su mitad y los africanos a cada extremo de ellos (Livio, AUC, XXII, 46, 1-3). Dicho centro de la línea cartaginesa estaba adelantado respecto las alas formando una cuña (Polibio, Historias, III, 113, 7-9; Livio, AUC, XXII, 47, 5; Plutarco, Vida de Fabio, XVI). Apiano destaca la existencia de potentes contingentes de caballería púnica (2.000 jinetes) bajo control directo de Aníbal, que debieron apoyar a la infantería en el centro del dispositivo romano. E igualmente una reserva de 1.000 caballos bajo mando de Maharbal (Apiano, Guerra de Aníbal, 20).

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Disposición inicial de ambos ejércitos con un cuerpo de caballería de reserva detrás de la línea cartaginesa.

La batalla se abrió tras el grito de guerra con las fuerzas ligeras de ambos bandos cargando, siendo seguidas por el choque junto al río de la caballeria pesada cartaginesa del ala izquierda con la romana del ala derecha (Polibio, Historias, III, 115, 1-2; Livio, AUC, XXII, 47, 1 y Apiano, Guerra de Aníbal, 21). Los jinetes romanos junto al río resultaron aniquilados. Apiano cuenta que pese a los ataques de la caballería cartaginesa en las alas, los romanos aún resistían, dando un dato adicional al contar que la caballería romana debió adelgazar su línea para poder resistir el ataque púnico (Apiano, Guerra de Aníbal, 21). Esto significa que el campo de batalla debió ensancharse de modo que obligase a los jinetes romanos a esa acción. Posiblemente el empuje de la infantería hizo que la línea de combate llegase a la zona más ancha del campo de batalla que hemos descrito, en la cual la anchura aumenta de 600 a 1.000 metros. Este detalle posiblemente fue decisivo en que los jinetes del ala izquierda púnica pudiesen imponerse a los romanos del ala derecha al disponer de más espacio para la maniobra y menor espesor la línea enemiga que se les oponía.

Se enfrentaron entonces según ambos autores las infanterías pesadas y los romanos, tras cerrar filas y vencer una fiera resistencia, comenzaron a hacer retroceder a galos e hispanos. La infantería africana mantuvo sus posiciones en las alas (Polibio, Historias, III, 115, 4-8 y Livio, AUC, XXII, 47, 5-8). Aunque se dice expresamente que esto ocurre tras la derrota de la caballería romana del ala derecha, es más verosímil que los acontecimientos en el centro tuviesen lugar de modo simultáneo al combate de caballería junto al río.

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Empuje de la infantería romana contra el centro de la línea púnica, retroceso de la misma y apoyo a esta de la reserva de caballería cartaginesa mandada por Aníbal. Alargamiento del frente de la caballería romana del flanco derecho a costa de perder profundidad para cubrir el ensanchamiento del campo de batalla.

La batalla permaneció indecisa hasta mediodía momento en el cual se desató el viento y con el polvo cegándolos de cara, los romanos fueron doblegados gracias a la combinación de una emboscada, una trampa y una carga de caballería (Zonaras, Epitome Historion, IX, 1, 14).

El elemento decisivo de estos tres acontecimientos fue la carga de caballería. En el ala izquierda romana se mantenían las posiciones de los jinetes itálicos frente a sus oponentes númidas produciéndose poco desgaste en ambos bandos debido a que los númidas, aplicando su doctrina de lucha, no se enzarzaban en combate cerrado sino que lanzaban sus jabalinas a distancia y se replegaban. Sin embargo, en el ala opuesta la caballería cartaginesa tras derrotar a sus enemigos junto al río, había quedado liberada. Asdrúbal la dirigió a apoyar a los númidas del ala contraria, lo que produjo la huída de la caballería itálica de ese flanco izquierdo romano. Los jinetes ligeros del bando púnico emprendieron entonces su persecución, mientras que los jinetes galos e hispanos apoyaban a la infantería africana de las alas (Polibio, Historias, III, 116, 6-8; Livio, AUC, XXII, 48, 5-6 y Apiano, Guerra de Aníbal, 23-24). El propio Aníbal, con la caballería bajo su mando cargó frontalmente contra la infantería romana (Zonaras, Epitome Historion, IX, 1, 14) seguramente para aliviar la presión de esta sobre los peones galos e hispanos del centro de su línea.

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Aniquilamiento de la caballería romana junto al río y ataque de los jinetes pesados hispanos y galos a la caballería itálica del ala contraria y a la infantería enemiga que lucha contra los infantes africanos que combaten en las alas del ejército púnico.

El ataque de la caballería pesada de Asdrúbal coincidió con el giro hacia el centro, de la falange africana situada en las alas cartaginesas, de modo que el ejército romano quedó encerrado por sus flancos (Polibio, Historias, III, 115, 8-10).  A partir de ese momento la batalla se convirtió en una masacre de soldados romanos.

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Huída de la caballería itálica hacia Cannas perseguida por los jinetes númidas. La infantería africana de las alas del ejército púnico gira y ataca de flanco las alas del ejército romano con el apoyo de la caballería pesada (gala e hispana).

Anteriormente hemos citado la existencia de dos acciones más simultáneas a lo ya narrado: Una emboscada y  una trampa. La emboscada (Apiano, Guerra de Aníbal, 20 y Zonaras, Epitome Historion, IX, 1, 12) estaría apostada al pie de las colinas de las que ya hemos hablado anteriormente situadas en el flanco izquierdo romano y cabe pensar que se desencadenó cuando los romanos rebasaron en su avance el punto donde estaba escondida, pudiendo por tanto caer a su espalda. Para poder ejecutarse, la caballería romana que cubría ese flanco debía haberse retirado, de modo que tuviese expedito el camino, lo cual hace más probable que sucediera después de la estampida de la caballería itálica. Apiano añade al relato que la emboscada se habría hecho ocultando tropas en una colina boscosa cortada por barrancos y que en la misma, además de infantería ligera y caballería, habría 500 infantes pesados celtíberos. Según el mismo autor, el ataque se habría desencadenado cuando grupos de tropas africanas simularon una retirada a las colinas. Al ser perseguidos por los romanos, los emboscados habrían caído sobre ellos (Apiano, Guerra de Aníbal, 22). El detalle de ser tropas africanas las que retrocedían, induce a pensar que el hecho habría tenido lugar en una de las alas, que es donde la infantería de este origen se situaba. Y por el escenario descrito, debió corresponder con el ala izquierda romana. Estos efectivos emboscados tenían orden de atacar por la espalda a los romanos una vez se hubiese desatado el viento Volturno y la visibilidad fuese mala. Este hecho sucedía a partir del mediodía. Apiano y Zonaras hacen coincidir de este modo este momento temporal con la ruptura de la igualdad de la batalla. Adicionalmente sabemos que el campo de batalla fue preparado a conciencia por Aníbal para el momento en que se desencadenaba el viento ordenando arar previamente el área de combate para provocar una polvareda (Zonaras, Epitome Historion, IX, 1, 9).

El otro factor presentado como decisivo es la trampa de la deserción fingida antes de iniciarse la lucha de 500 soldados del ejército cartaginés, que en determinado momento del combate eliminaron a los guardias que les custodiaban y, tomando armas de los caídos en el campo de batalla, atacaron a los romanos por la retaguardia (Livio, AUC, XXII, 48, 1-4; Apiano, Guerra de Aníbal, 20; Zonaras, Epitome Historion, IX, 1, 12 y 14 y Frontino, Estratagemas, II, 5, 27). Este hecho habría ocurrido simultáneamente al ataque de los emboscados y sería inmediatamente posterior a desatarse el Volturno. Livio señala que se trataría de 500 jinetes númidas y Frontino de 600 de igual origen, pero esta caballería númida estaba en el ala derecha cartaginesa y el autor romano informa que los desertores fueron acogidos en el centro de las líneas romanas, zona que en el bando púnico estaba ocupada por hispanos y galos. Apiano informa que los supuestos traidores eran 500 celtíberos y que el sector donde fueron recibidos era el de Servilio (Apiano, Guerra de Aníbal, 22), si bien este autor sitúa al procónsul a la izquierda del dispositivo romano, mientras que  Polibio y Livio lo ponen en el centro de la formación. El detalle de la falsa deserción es nombrado por la mayoría de historiadores excepto Polibio. Para Apiano es el momento crucial de la batalla y el que decanta la suerte de la misma al generar un caos y una sensación de peligro en el contingente romano superior a lo que realmente era, unido a la polvareda que recibían de cara, la cual les impedía tomar conciencia real de lo que les rodeaba. Esto habría provocado el inicio de una desbandada según él iniciada en el flanco derecho (Apiano, Guerra de Aníbal, 23). Hay que tener en cuenta que es en esta zona donde primero es derrotada la caballería romana.

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Ataque de los emboscados y de los falsos desertores.

¿Es esto un invento para justificar la derrota romana o realmente ocurrió? Esta es una pregunta de difícil respuesta, pero conocidos los precedentes de astucia y dominio del arte de la emboscada y la treta del que hizo gala Aníbal, no es de ningún modo descartable que tuviese lugar. No obstante tanto los emboscados como los falsos desertores que atacaron a los romanos por la espalda, recibirían el viento de cara y por tanto la polvareda, por lo que aunque eso pudiese favorecer que no fuesen detectados, también dificultaría su visión del escenario y por ende su efectividad. Además, frente a una masa de 70.000 hombres, el efecto que en un lugar de la formación pudiera causar un grupo de 500 hombres por la espalda y otro algo más numeroso por el flanco izquierdo (el que da a las colinas), parece de una importancia relativa menor. De igual modo, algunos autores clásicos han sobrevalorado la importancia del viento de cara en el combate, en un afán de culpar de la derrota a un factor externo y no a la superioridad táctica enemiga.

Entrando a analizar la duración del combate, Apiano nos da una pista sobre la hora del comienzo del mismo al contar que Aníbal retardó a propósito los movimientos para disponer a sus hombres, su reserva y emboscar al contingente anteriormente reseñado de manera que el inicio de la lucha fue “a la segunda hora” (Apiano, Guerra de Aníbal, 20). Esta cita se refiere a la segunda hora de luz de ese día. Por tratarse del 2 de agosto, ya con el verano avanzado, probablemente estamos hablando de cerca de las 8 de la mañana. De ese modo reducía el tiempo de combate previo a desatarse el viento, hecho ocurrido al mediodía, que podríamos asimilar a las 12:00. Por lo tanto sabemos que hubo un intervalo de alrededor de cuatro horas de lucha previo al momento en que la balanza comienza a volverse favorable a los cartagineses.

En ese instante, Emilio Paulo estaba en el ala derecha romana y ya había sido herido por un proyectil de honda al comienzo del combate (Livio, AUC, XXII, 49, 1). Pese a ello dirigió ataques contra Aníbal, lo que indicaría su presencia en el centro de la lucha, pues era esta la zona comandada por Aníbal. Su guardia a caballo desmontó para darle protección pereciendo muchos y huyendo otros (Livio, AUC, XXII, 49, 3). Son finalmente sobrepasados en la desbandada de un contingente de tropas y Emilio muere entre una lluvia de proyectiles, escapando Cneo Léntulo, el tribuno militar que habló con él en último lugar (Livio, AUC, XXII, 49, 2-13 y Frontino, Estratagemas, IV, 5, 5). Polibio sin embargo no comenta que antes de morir estuviera herido y cita a Emilio como superviviente del combate de caballería del ala derecha romana, confirmando que se desplazó hacia el centro para continuar la lucha (Polibio, Historias, III, 116, 1-3). Aunque el autor griego (protegido de Escipión Emiliano, nieto del Emilio Paulo del que estamos hablando) trata de disimularlo en su relato al decir que se desplazó al centro para estar en la zona más candente de la lucha, parece evidente que lo que sucedió es que el ala derecha romana se derrumbó y fue empujada hacia el centro, donde estaba el procónsul Servilio. Que este estaba a la izquierda de Emilio y que le ayudó es confirmado por Apiano (Guerra de Aníbal, 23), aunque este autor sitúa a los mandos romanos en un orden diferente a los demás. A la derecha pone a Varrón, en el centro a Emilio y a la izquierda a Servilio (Apiano, Guerra de Aníbal, 19). La resistencia final se habría articulado en torno al cónsul Emilio y el procónsul Servilio, tras cuya muerte se habrían desbandado los restos del ejército romano (Apiano, Guerra de Aníbal, 24). Varrón escapó a Venusia con un reducido grupo de jinetes (Polibio, Historias, III, 116, 13; Livio, AUC, XXII, 49, 14; Apiano, Guerra de Aníbal, 23; Zonaras, Epitome Historion, IX, 1, 16 y Orosio, Historia contra los paganos, IV, 16, 4).

Sobre cuanto tiempo más aguantaron los romanos desde ese medio día en que la batalla se comienza a decantar del lado del enemigo, hay una reseña en el discurso que Livio adjudica al portavoz de los cautivos ante el Senado en el que habla de haber prolongado el combate casi hasta la noche, lo que resulta de dudosa verosimilitud, máxime cuando a esas alturas del verano anochece alrededor de las 21:00 (Livio, AUC, XXII, 59, 3).

Huyeron 7.000 soldados al campamento menor, 10.000 al mayor y 2.000 a Cannas (Livio, AUC, XXII, 49, 13). Cartalo rodeó a estos últimos (que serían jinetes), rindiéndose inmediatamente (Polibio, Historias, III, 117, 12; Livio, AUC, XXII, 49, 13; Apiano, Guerra de Aníbal, 24). Apiano cifra en un total de 15.000 los refugiados en los campamentos tras la batalla (Apiano, Guerra de Aníbal, 24). Polibio menciona que los huídos del campo de batalla principal hacia otras localidades serían unos 3.000 infantes y 370 jinetes (Polibio, Historias, III, 117, 3). Otros autores son más imprecisos y hablan de numerosos huidos (Zonaras, Epitome Historion, IX, 1, 16).

Estas descripciones apuntan a una batalla con grandes parecidos a la de Trebia. En dicho enfrentamiento, los romanos fueron atacados por la espalda y en las alas por la caballería. Si el descalabro allí no fue total, se debió a que las legiones pudieron romper el centro de la formación cartaginesa, lo que les permitió escapar. Es probable que en Cannas los romanos previeran también romper el centro de la formación cartaginesa. Y ahí es donde Aníbal hizo alarde de su genio como táctico. La formación de su centro en forma convexa le permitió ganar tiempo y espacio para retroceder mientras su plan táctico se desarrollaba en las alas con la derrota de la caballería romana y la emboscada junto a las colinas coincidente con el comienzo del viento. Fue con las alas libres para la actuación de sus jinetes cuando ordenó a su falange africana girar y atacar de flanco a los extremos de la formación romana al tiempo que la caballería pesada actuaba en su apoyo lanzándose contra la retaguardia del grueso del contingente romano. Mientras, su caballería ligera salió en persecución de la caballería aliada romana que se había dado a la fuga Polibio, Historias, III, 116, 12 y Livio, AUC, XXII, 48, 5).

En Trebia, el ataque por la espalda de Magón se ejecutó con 2.000 hombres mientras que la caballería se impuso en las alas gracias a su mayor número, disponibilidad de espacio para la maniobra y la presencia de los elefantes. En esta ocasión se habla de 500 hombres por un lado, del ataque de la caballería igualmente sobre las alas y retaguardia, y de una emboscada a tropas que perseguían a enemigos que replegaban. Aníbal habría reproducido su primer gran éxito, con la novedad táctica de la forma convexa inicial de su formación, y el movimiento girando 90º de la infantería de las alas. Todo esto contribuyó al pánico que se desató en las filas romanas, paralizándose el empuje de estos contra la parte central del dispositivo cartaginés. Al ser atacados de flanco por una masa de infantes, buena parte de la atención de los legionarios romanos debió dirigirse a cubrir esta amenaza, dejando de presionar hacia la vanguardia donde hispanos y celtas estaban pasando apuros y el propio Aníbal dirigía las operaciones. La entrada en pánico de un ejército que se ve rodeado por frente, flancos y espalda ayuda a entender la elevada mortandad habida. El relato de la muerte de Emilio Paulo por Livio atestigua esa retirada de contingentes romanos perseguidos por cartagineses (Livio, AUC, XXII, 49, 12).

El ataque al campamento de Aníbal

Hay una acción simultánea a la batalla principal que conocemos por Polibio. Se trata del asalto al campamento cartaginés por un fuerte contingente romano. Desde el primer momento de la preparación de la batalla por las huestes romanas, parece que tenían prevista esta acción. Probablemente perseguía romper el orden de batalla cartaginés para acudir en defensa de su campamento, pero Aníbal demostró tener preparada la defensa de este con los medios suficientes. Emilio Paulo habría sido quien dispuso que 10.000 soldados de infantería de su campamento (por su número parece que fuesen una legión y un alae del ejército de refuerzo formado a partir de las legiones urbanas del año anterior) se lanzasen a por el campamento enemigo con el fin de apoderarse de su tren logístico. Inocentemente se apunta que en el caso de que el general cartaginés hubiese dejado una guardia competente, lo que pretendía este ataque secundario era que esta no se incorporase al esfuerzo principal cartaginés (Polibio, Historias, III, 117, 7-12). Argumento que no se sostiene porque los romanos por el hecho de atacar una fortificación, siempre van a tener que entretener más elementos que los que dipusiese Aníbal para su defensa. Pero no podemos olvidar que Emilio Paulo era el abuelo del protector de Polibio en Roma, Escipión Emiliano (Veleyo Paterculo, Historia Romana, I, 13, 3).

Aunque de los distintos relatos que conocemos no queda claro cual de los dos campamentos sería el de Emilio Paulo, la lógica indicaría que debió ser el mayor, pues tal y como hemos comentado, Servilio estaba al frente del pequeño en Geronio (Livio, AUC, XXII, 40, 6) y al llegar a Cannas el menor de los campamentos contaba con un tercio de las tropas (Polibio, Historias, III, 110, 8-10), lo que hace pensar que se reprodujo el esquema organizativo de Geronio, dejando el atrincheramiento mayor como lugar de acampada de los dos ejércitos consulares (y por tanto de ambos cónsules). El encontrarse este campamento mayor en la misma orilla que el cartaginés facilitó que una vez iniciada la refriega este grupo de 10.000 hombres pudiera aproximarse al campamento enemigo sin atravesar el lugar donde luchaba el grueso de las tropas y al mismo tiempo no fuera emboscado de camino a su objetivo. Sin embargo otros autores comentan que ambos cónsules estaban en campamentos diferentes (Zonaras, Epitome Historion, IX, 1, 10).

Polibio comenta en su relato que los cónsules se turnaban en el mando días alternos (Polibio, Historias, III, 110, 4), y que fue Emilio quien ordenó montar el campamento menor, lo que implica que tenía el mando ese día. Pero al día siguiente, según el autor griego, es de nuevo Emilio quien mandaba y ordenó rehuir el combate cuando Aníbal sacó a sus hombres para plantar batalla, lo cual entra en clara contradicción. Por último, si fue Emilio quien decidió atacar el campamento enemigo el mismo día de la batalla, estaríamos ante una señal clara de quien ostentaba en realidad el mando ese día en el ejército romano.

Por otro lado, si a los dos ejércitos consulares reforzados que totalizaban 60.000 infantes se añadió un ejército con otros 20.000 más cuya base eran las legiones urbanas más las alae reclutadas al efecto, y de ese total de hombres se desgajó a 10.000 para este ataque, quedan otros 70.000 para participar en la batalla principal de los que 50.000 tuvieron que cruzar el río desde el campamento mayor.

Entrando en la narración de cómo se desarrolló este episodio del ataque al campamento cartaginés, Polibio comenta que estando a punto de lograr su objetivo, este contingente debió retroceder porque desde la batalla principal, ya acabada, vino Aníbal (posiblemente con la caballería) matando con sus hombres a 2.000 romanos y apresando posteriormente al resto después de que se refugiasen en su campamento (Polibio, Historias, III, 117, 12).

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Ataque contra el campamento cartaginés y auxilio de Aníbal una vez el combate principal está decidido.

Aunque el relato de Polibio aparenta que Aníbal los apresó rápidamente, parece más probable que esto fuese solamente con los que se refugiaron en Cannas (como cuenta Livio que hace la caballería mandada por Cartalo y más ambiguamente también Polibio al decir que la caballería númida apresó a 2.000 jinetes en fortalezas de la comarca), huyendo hasta el campamento grande el grueso de los participantes en este ataque (8.000 hombres). Por las cifras que da Livio de refugiados en cada uno de los campamentos (10.000 en el grande y 7.000 en el pequeño) y dado que ambos campamentos contarían además con guarniciones de no menos de 1.000 hombres, al grande apenas habrían llegado 2.000 huídos de la batalla principal, mientras que al pequeño lo habrían hecho en torno a 7.000. Polibio sin embargo dice que la mayor parte de apresados por los cartagineses pertenecerían a este grupo que atacó el campamento, pero es necesario reseñar que, según él, los muertos romanos en la batalla serían 70.000 y el número de huidos a otras localidades de apenas 3.000 infantes y 370 jinetes, algo que tiene poco sustento debido a otros hechos conocidos en los que este grupo de supervivientes se vio envuelto con posterioridad (1ª batalla de Nola, destierro a Sicilia, marcha a África ) y de los que se deduce claramente que su número se acerca mucho más a los datos de Tito Livio.

Otros acontecimientos

La misma noche del combate, los refugiados en el campamento mayor avisaron a los del menor para que se les uniesen y partiesen juntos hacia Canusio aprovechando que el enemigo ejercía una menor vigilancia (Livio, AUC, XXII, 50, 4). Tan sólo un grupo de 600 hombres de este último encabezados por los tribunos Publio Sempronio Tuditano y Cneo Octavio, lograron alcanzar el otro lugar de acampada tras realizar una salida en medio del acoso de la infantería y caballería enemiga y sin llegar a pararse prosiguieron junto a otro grupo su escape hacia Canusio (Livio, AUC, XXII, 50, 11 y Frontino, Estratagemas, IV, 5, 7). Esta huída debió realizarse dando un rodeo por el sur hasta poder tomar rumbo suroeste siguiendo la margen oriental del río Áufido.

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Posible ruta de escape hacia Canusio desde los campamentos romanos.

Los cartagineses por su parte, finalizado el combate dieron de descanso, al menos a una parte de su ejército, lo que quedaba de día y la noche. Al día siguiente recogieron despojos y cercaron el campamento menor (Livio, AUC, XXII, 52, 1). Esto contradice la versión de la heróica salida de Sempronio Tuditano y Cneo Octavio rodeados de enemigos, así como los argumentos esgrimidos ante el Senado por el portavoz de los cautivos para pedir su liberación, narrando la resistencia ante los ataques enemigos durante toda la noche (Livio, AUC, XXII, 59, 4). Los cercados en el campamento menor pactaron al día siguiente su rendición a cambio de un rescate. En este impás se produjo la huída de un grupo de 4.000 infantes y 200 jinetes del campamento mayor en dirección a Canusio, tras lo cual tuvo lugar la rendición también de este campamento (Livio, AUC, XXII, 52, 4).

Mientras, estando en Venusia, el cónsul Varrón se entrevistó con una embajada campana solicitándoles ayuda (Livio, AUC, XXIII, 5, 2). Los fugados a Canusio, comandados por los tribunos Quinto Fabio, Lucio Publicio Bíbulo, Publio Escipión y Apio Claudio contactaron con él para solicitarle instrucciones (Livio, AUC, XXII, 53, 2). Es interesante notar que allí debía haber al menos otros dos tribunos más, Publio Sempronio Tuditano y Cneo Octavio, que sabemos que huyeron a Canusio, sin embargo las fuentes omiten su presencia posiblemente por minimizar el papel jugado por individuos de origen plebeyo. Varrón decidió desplazarse a Canusio con las tropas que había podido reunir en Venusia (Livio, AUC, XXII, 54, 5-6), enviando una comunicación a Roma contando lo sucedido y que Aníbal aún se encontraba en Cannas (Livio, AUC, XXII, 56, 1-2). El Senado mandó al pretor Marcelo a Canusio a marchas forzadas y envió una misiva al cónsul indicándole que le entregase los restos de su ejército y que acudiese a Roma en cuanto le fuera posible (Livio, AUC, XXII, 57, 1). Varrón marchó entonces a Roma dejando al tribuno Escipión al cargo de las tropas reunidas en Canusio (Apiano, Guerra de Aníbal, 26). Tenemos noticias de que este rechazó con éxito un ataque de la caballería púnica contra dicha localidad y que envió guarniciones a otras ciudades circundantes (Dion Casio, Historia romana, XV, 57, 29). De ser ciertos estos hechos, implicarían que el cónsul no habría esperado a Marcelo y habría partido a Roma antes de que este llegase.

Además de este ejército superviviente que quedó en manos del pretor Marcelo, sabemos que Varrón dirigió un  contingente que operó en Apulia hasta entrado el 215 a.C. (Livio, AUC, XXIII, 25, 6), momento en que fue relevado por las legiones que vinieron de Sicilia, quedando bajo mando del pretor Levino que lo trasladó a Tarento (Livio, AUC, XXIII, 32, 16). Lo más probable es que estas tropas de Varrón saliesen de una leva extraordinaria o fuesen la legión marina de Marcelo que iba a Sicilia que el Senado ordenó adelantarse a Teanum (Livio, AUC, XXII, 57, 7-8), las cuales debieron acompañar “a marchas forzadas” a Marcelo de camino a Canusio (Livio, AUC, XXII, 57, 9), pues no sabemos que fuesen desterrados como los otros y por tanto perteneciesen a los supervivientes de la batalla. Estos hombres de Varrón fueron embarcados en Tarento (Livio, AUC, XXIII, 38, 9) y posteriormente enviados a Grecia (Livio, AUC, XXIV, 40, 5) hasta su licenciamiento a comienzos del 210 a.C., lo que refuerza la posibilidad de que fuese la legión marina antes comentada. También sabemos que tras la batalla de Cannas se reclutó en Apulia un grupo de 270 esclavos para operar como jinetes (Valerio Máximo, Hechos y dichos memorables, VII, 6) que quizás sirvieron junto a estas tropas que retuvo Varrón hasta el fin de su consulado de 216 a.C.

Las cifras finales de la batalla

Del campo de batalla principal escaparon relativamente pocos, y aparentemente los huidos se dispersaron por la zona o fueron en su mayor parte al campamento menor, que de acuerdo al relato de Polibio sería el más próximo al lugar del combate. Al haber soportado un mayor castigo por luchar en la batalla principal, parece más lógico que fuesen ellos los que en su mayor parte rechazasen huir con Sempronio Tuditano y Cneo Octavio. El grupo que finalmente lo hace asciende a 600 soldados (Livio, AUC, XXII, 50, 11).

Al campamento mayor habría llegado la masa de supervivientes del ataque al campamento de Aníbal. Desde él huyó a Canusio un primer contingente de número indeterminado durante la misma noche del día del combate junto al grupo de 600 hombres del campamento menor (Livio, AUC, XXII, 50, 11) y otro segundo grupo de 4.000 infantes y 200 jinetes mientras se producía la rendición del campamento menor al día siguiente (Livio, AUC, XXII, 52, 4). Sin embargo, la posición elegida para dicho campamento mayor no facilita la huida hacia esa localidad, por estar entre ambos el campamento cartaginés, que se situaba en la misma orilla que el romano.

Las cifras de huidos desde los campamentos permite calcular el número de capturados en ellos teniendo en cuenta que no todos los que intentaron huir lo lograron. Para ello añadimos otros 2.000 hombres más en dichos campamentos, cifra estimada de integrantes de las guarniciones de los mismos de los que una parte sabemos que se rindieron (Livio, AUC, XXII, 59, 9). Estos 2.000 junto a los 17.000 que Livio dice que regresaron a dichos campamentos totalizan 19.000 hombres. De ellos, no menos de 4.800 escapan a Canusio (aparte de estos hay un gupo indeterminado más que huye junto a los 600), por lo que no más de 14.200 caen prisioneros. Además hay que sumar los 2.000 capturados en la propia Cannas por Cartalo (Livio, AUC, XXII, 49, 13) nada más acabada la batalla, y los 3.000 infantes y 1.500 jinetes (Livio, AUC, XXII, 49, 18) que son apresados del propio núcleo principal del combate. Esto da un máximo de 20.700 prisioneros.

El número de muertos es cifrado por Livio en 45.500 infantes y 2.700 jinetes (Livio, AUC, XXII, 49, 15). Sumando los 19.000 refugiados en los campamentos, estos 48.200 muertos, los 4.500 apresados en el campo de batalla y los 2.000 jinetes capturados en la población de Cannas, tenemos una cifra de 73.700 hombres, lo que restado al total de 86.000 soldados romanos presentes, significa que se dispersaron sin regresar a los campamentos unos 12.300 soldados, entre los que estaría el cónsul Varrón y los 50 jinetes que escaparon con él (Livio, AUC, XXII, 49, 14), de los cuales una parte llegó directamente a Venusia y otra a Canusio. A estos hay que unir los no menos de 4.800 ya reseñados que escapan de los campamentos, lo que significa que más de 17.100 romanos huyeron y no fueron ni muertos ni hechos prisioneros por los cartagineses.

Por otro lado sabemos que el número de desperdigados huidos a Venusia fue de 4.500 (Livio, AUC, XXII, 54, 1) y el de los que lo hacen a Canusio un total de 10.000 (Livio, AUC, XXII, 54, 4), lo que totaliza 14.500 hombres. Si restamos esta cifra a los no menos de 17.100 antes reseñados, nos quedan no menos de 2.600 hombres sin cuadrar. En este grupo estarían los desaparecidos, desertores e incluso algún contingente adicional que fuese a parar a otras localidades distintas a Venusia o Canusio. No en vano Livio comenta que cuando se reagrupan en Canusio, el contingente resultante se iba pareciendo a un ejército consular (Livio, AUC, XXII, 54, 6). Esta cifra se refrenda en las palabras de respuesta de Tito Manlio Torcuato al portavoz de los cautivos al decir que si los 6.400 rendidos del campamento menor hubiesen huído, en Canusio habría casi 20.000 soldados (Livio, AUC, XXII, 60, 20).

Como comprobación adicional de estas cifras vamos a realizar un análisis de la proporción latinos/romanos. Hemos dicho que en cada uno de los dos ejércitos consulares había 20.000 infantes y 1.800 jinetes itálicos frente a 10.000 peones y 600 jinetes romanos. Mientras que en el ejército de refuerzo las cifras eran paritarias 10.000 infantes y 600 caballeros de cada procedencia. Esto totaliza 50.000 infantes y 4.200 de caballería itálicos y 30.000 infantes y 1.800 jinetes romanos. O sea un 63% de itálicos frente a un 37% de romanos. Aplicados estos porcentajes a la cifra de 20.700 prisioneros implica que unos 7.650 serían romanos. Sabemos que Aníbal liberó a los prisioneros itálicos mientras que por los romanos pidió rescate (Livio, AUC, 58, 2-4). Y además conocemos por el discurso ante el Senado atribuido al representante de dichos cautivos, que su cantidad no era menor a 8.000 hombres (Livio, AUC, XXII, 59, 12), lo cual se aproxima a los cálculos hechos.

Por parte cartaginesa Polibio cuenta que mueren 4.000 galos, 1.500 hispanos y africanos y tan solo 200 jinetes (Polibio, Historias, III, 117, 6). En especial las de caballería sorprenden por lo exiguo. Livio eleva sus bajas  hasta 8.000 hombres sin discernir entre infantería y caballería (Livio, AUC, XXII, 52, 6). Y Apiano las compara con las habidas en las victorias de Pirro, sin dar un número concreto y menos aún desglosar el mismo (Apiano, Guerra de Aníbal, 26)..

La ubicación de los mandos

Otro punto interesante a tratar es la posición dentro del dispositivo de cada ejército, de los mandos implicados en la acción. De nuevo las fuentes clásicas son contradictorias entre sí. Es destacable que no queda claro si cuando citan a un nombre, este ostenta el mando de la caballería o por el contrario el de la infantería.

Comenzando por el ejército cartaginés hay una coincidencia entre Livio, Polibio y Apiano en que Aníbal comandaba el centro. Los dos primeros autores sitúan además a su hermano Magón junto a él en dicha localización (Polibio, Historias, III, 114, 7 y Livio, AUC, XXII, 46, 7). Apiano sin embargo, pone a este último al frente de la parte derecha del dispositivo púnico. Y en la izquierda coloca al sobrino de los Barca, Hannón (Apiano, Guerra de Aníbal, 20). Polibio sin embargo emplaza a Hannón en el lado contrario, el derecho. No obstante, ambos autores (Apiano y Polibio), sitúan enfrente de Hannón al cónsul romano Varrón, aunque en lados diferentes. Tito Livio sin embargo cita a Maharbal como el mando del ala derecha cartaginesa. En la izquierda sitúa a un Asdrúbal, coincidiendo en esto con Polibio. Por último y a cuento de una anécdota, Plutarco cuenta que entre los mandos cartagineses había un Giscón, supuestamente igual en rango a Aníbal (Plutarco, Vida de Fabio Máximo, XV). Este Giscón pudiera ser el padre de Asdrúbal Giscón, en cuyo caso el Asdrúbal citado por Polibio y Livio, podría ser este general que más tarde actuaría en Hispania. De hecho la desaparición de este Asdrúbal en las menciones de los autores clásicos de los frentes de Italia, coincide con la aparición de Asdrúbal Giscón en Hispania. Sobre Giscón, tenemos que Tito Livio lo menciona como miembro de la embajada púnica capturada junto a la macedonia durante el año 215 a.C. (Livio, AUC, XXIII, 34, 2). Se trata de un indicio de la presencia de la familia Giscón en el ejército de Aníbal que operaba en Italia. De ser cierta esta hipótesis, su llegada final a Hispania junto a Magón denotaría un total control de la estrategia de la guerra por parte de Aníbal. Del relato de Tito Livio, pareciera que tanto este Asdrúbal como Maharbal fuesen mandos de caballería, por lo que su ubicación en los extremos de las alas del ejército púnico (Livio, AUC, XXII, 46, 7; 48, 5; 51, 2), es compatible con la existencia de otros jefes en dichas alas al frente de la infantería, que serían los citados por los otros autores.

En el bando romano se repite la contradicción sobre la identidad y situación de los comandantes, que vimos en las distintas fuentes con el caso del ejército cartaginés. La primera controversia estaría en la presencia del procónsul Marco Atilio Régulo. Polibio la defiende junto al otro procónsul, Cneo Servilio Gémino, situando a ambos en el centro del dispositivo romano (Historias, III, 114, 6) y dando a ambos por muertos como resultado de la batalla (Historias, III, 116, 11). Tito Livio sin embargo alude a la edad de Atilio como la causa de que regresara a Roma y no estuviese presente en la batalla (AUC, XXII, 40, 6). Apiano no lo menciona. Polibio y Livio coinciden en poner en las alas derecha e izquierda respectivamente a Emilio Paulo y Varrón (Polibio, Historias, III, 114, 6 y Livio, AUC, XXII, 45, 8). Sin embargo Apiano coloca a Emilio al centro, Servilio a la izquierda y en la derecha a Varrón (Apiano, Guerra de Aníbal, 19).

Teniendo en cuenta que del dispositivo romano sabemos por Livio que Servilio tenía el mando de una legión (y probablemente su alae asociada), pareciera más lógico que este fuera situado al centro del dispositivo, entre los dos cónsules. Tanto Apiano como Livio y Polibio, localizan a  Servilio, con una posición relativa a la izquierda de Emilio Paulo. En este punto es interesante recordar que de acuerdo a Apiano, la falsa entrega de un contingente cartaginés durante la batalla, es realizada por 500 celtíberos en el sector de Servilio. Si estos eran infantes, como los hispanos lucharon en el centro del dispositivo cartaginés, induciría a pensar en que Servilio estaba en el centro. Si fuesen jinetes hispanos, estarían en la izquierda púnica, lo que implicaría que Servilio estuviera en la derecha romana, lo cual no es dicho por ningún autor por lo que parece que de ser efectivamente cierta su procedencia hispana, estos no debieran ser jinetes. Tito Livio y Frontino comentan sin embargo que son númidas, lo que hace pensar en que fuesen jinetes y estos estuvieron desplegados en el ala derecha cartaginesa. Por lo que si la entrega fue a Servilio, esa sería la zona de despliegue de él. Lo que sí cuenta Polibio, es que Emilio Paulo acaba combatiendo en el centro del dispositivo romano, donde acude a auxiliarlo Servilio. La importancia de que fuese Varrón o Emilio Paulo quienes mandasen en la derecha, estriba en que esta es la parte del dispositivo romano que primero cede y precipita el ataque de la caballería púnica sobre la espalda del resto de legiones romanas.

Consecuencias de la batalla

A pesar de su trascendencia histórica como la batalla de aniquilamiento perfecta, podemos decir sin temor a equivocarnos que su resultado no fue decisivo en el curso de la guerra, pues su vencedor, terminó perdiéndola al final.

La primera consecuencia clara fue el inicio de la rebelión de numerosos aliados romanos en el sur de Italia. Esta rebelión puso en muy pocas semanas bajo la órbita cartaginesa la región de la Daunia (en el norte de Apulia), una parte importante de Campania, la casi totalidad de los Hirpinos y el Samnio caudino, zonas de Lucania y la región del Brucio. Factor fundamental para esta fue la labor previa de los dos años anteriores de liberar a los prisioneros de origen itálico, alguno de los cuales cooperó en que en sus respectivas ciudades la traición a Roma triunfase. En otros casos fue un odio larvado contra Roma que encontró en Aníbal el medio de tratar de librarse de ella. También hubo pueblos que sucumbieron por intimidación ante la ausencia de auxilio por parte romana. No en vano, al poco de terminada la batalla, tras llegar a la ciudad de Compsa en los Hirpinos, el general cartaginés dio una parte de su ejército a su hermano Magón para que marchase hacia el sur de la península itálica a extender la rebelión contra Roma (Livio, AUC, XXIII, 1, 1-2). El propio Aníbal se dirigió a Campania a hacerse cargo de Capua (Livio, AUC, XXIII, 2, 1) y a tratar de conquistar alguna localidad costera (Livio, AUC, XXIII, 1, 5).

Gracias a estos nuevos aliados, y a la división de su propio ejército, Aníbal consiguió establecer guarniciones en las poblaciones aliadas o conquistadas y formar nuevos contingentes que operaron desde el Brucio contra las colonias griegas de la Magna Grecia, Lucania y el Samnio, mientras él mismo centraba sus operaciones en tratar de ampliar sus dominios en Campania y Apulia. En los años siguientes el norte de Apulia, Campania, el Samnio caudino, los Hirpinos, Lucania y el Salentino verían el desarrollo de una guerra territorial contra la República romana con avances y retrocesos de un bando y otro en los diversos frentes, cuyo cénit se alcanzó en la primavera de 211 a.C. con el intento cartaginés de socorro a Capua y su posterior aproximación a Roma.

Aparte de marcar el inicio de esa guerra territorial, Cannas significó en primera instancia la casi aniquilación de los ejércitos romanos en el centro y sur de Italia, además de una gran mortandad de magistrados, miembros del orden senatorial, caballeros y soldados cuya reposición fue sumamente dificultosa. Eutropio y Orosio cifran los muertos o capturados en: un cónsul, veinte del orden consular o pretoriano, treinta senadores y trescientos caballeros (Orosio, Historia contra los paganos, IV, 16, 1-4 y Eutropio, Breviario de la historia de Roma, III, 10, 2-3). Entre los fallecidos estaban entre otros personajes destacados el cónsul Emilio Paulo, el procónsul Servilio Gémino, el maestro de la caballería Marco Minucio Rufo, los dos cuestores de los ejércitos consulares Lucio Atilio y Lucio Furio Bibáculo (Livio, AUC, XXII, 49, 15) y el pontífice Quinto Elio Peto (Livio, AUC, XXII, 35, 2 y XXIII, 21, 7).

A nivel político en Roma se nombró un Dictador, Marco Junio Pera, para que lejos de negociar una paz con los púnicos, tomara las medidas necesarias para proseguir el esfuerzo bélico en todos los frentes existentes y los nuevos que acababan de abrirse en el sur de la península. A los tres meses de ocurrida la batalla, Roma contaba ya con dos ejércitos operando en Campania. Uno formado a partir de los supervivientes del combate puesto a las órdenes del pretor Marcelo y otro nuevo bajo mando del Dictador y su maestro de caballería Tiberio Sempronio Graco. Simultáneamente el cónsul Varrón reconstruía un pequeño ejército en Apulia (Livio, AUC, XXIII, 32, 16). Con los nuevos aportes aliados y los esclavos manumitidos reclutados al efecto, a comienzos del siguiente consulado (unos 7 meses después de Cannas) se pudo tener un tercer ejército en la zona. Con estas tropas Roma fue capaz de frenar la rebelión en el sur y comenzar una lenta reconquista del terreno perdido.

Siguiendo con el plano político, el Senado romano debió elegir nuevos miembros para sustituir a los treinta que murieron en la batalla, así como otros cincuenta elegibles para el puesto (Livio, AUC, XXII, 49, 17). Para dirigir el proceso se designó Dictador a Fabio Buteón, un miembro del clan de los Fabios (Livio, AUC, XXIII, 22, 11). Este nombró ciento setenta y siete senadores, cifra que debía incluir a los senadores vivos más los nuevos (Livio, AUC, XXIII, 23, 7). Este detalle permite intuir que el nuevo Senado tenía un importante núcleo de personas afines al clan Fabio. Otro miembro de este clan, Fabio Pictor, fue designado para acudir al oráculo de Delfos y escribiría además una historia de la guerra que sirvió de fuente para posteriores autores clásicos. Esta preponderancia de los Fabios explica que su máximo exponente, Fabio Máximo, pudiese ostentar en los años venideros una posición de poder, pese a que su política de eludir el enfrentamiento con Aníbal durante los seis meses de su Dictadura había causado un enorme desgaste a Roma ante sus aliados al permitir los saqueos sin combatir, incluso en el territorio agrícola más fértil de Campania y de toda Italia, el Ager Falernus (Livio, AUC, XXII, 14, 1). Este dato hace sospechar, pese a que los autores clásicos no lo mencionan explícitamente, que los territorios arrasados en el norte de Apulia, Samnio y Campania durante la etapa de Fabio Máximo como Dictador (Livio, AUC, XXII, 12, 6; XXII, 13, 1 y XXII, 13, 8-9), debieron dar un ultimátum previo a Roma en el sentido de romper la alianza si no eran capaces de defenderlos. Y tras la derrota de Cannas, fueron precisamente campanos, samnitas y daunios, los que se pasaron de bando antes de sufrir un segundo saqueo de sus territorios por parte púnica. No parece casual que justo tras el desastre de la batalla, el cónsul Varrón se entrevistase con una embajada campana cuando aún no había salido de Venusia hacia Canusio (Livio, AUC, XXIII, 5, 2), o que el primer movimiento militar de los romanos fuese acumular tropas en Teano Sidicino (Livio, AUC, XXII, 57, 8 y Apiano, Guerra de Aníbal, 27), localidad que controla el paso por las vías Apia y Latina, situada además cerca del río Volturno que separa el Ager Falernus del resto de Campania.

También es interesante adentrarse en las responsabilidades militares que la mayoría de autores clásicos atribuyen a Varrón y a su deseo irrefrenable de entrar en combate (Polibio, Historias, III, 116, 13; Apiano, Guerra de Aníbal, 25; Veleyo Paterculo, Historia romana, I, 9, 3). Esta visión de los hechos parte de la posición prosenatorial de la mayoría de dichos autores frente a los líderes populistas, fuesen estos plebeyos o patricios. Sin embargo encontramos alguna honrosa excepción a este punto de vista (Floro, Epítome de la Hª de Tito Livio, I, II, 6, 17). Es importante notar que las decisiones en la guerra se toman en un consejo de guerra, que en el caso romano estaría integrado por los magistrados con mando (en este caso los cónsules Varrón y Emilio y el procónsul Servilio), los legados de estos, cuestores y tribunos. Tenemos una referencia confirmando este extremo y como en dicho consejo de guerra la opinión mayoritaria era la de entrar en combate con la excepción de Emilio y Servilio (Livio, AUC, XXII, 43, 8-9 y Apiano, Guerra de Aníbal, 18). Asimismo existía un mandato de la Asamblea popular de entablar un combate decisivo contra Aníbal que evitase la devastación del territorio (Apiano, Guerra de Aníbal, 17 y 18). E igualmente el propio ejército parecía favorable a la batalla (Apiano, Guerra de Aníbal, 19).

Como se ha narrado anteriormente Emilio Paulo ostentó el mando durante la batalla, y hay serios indicios de que dirigiese al menos en la fase final el centro de la formación romana. Sin embargo, el hecho de morir en la batalla y por otro lado pertenecer a la clase patricia frente a la de los hombres nuevos que representaba Varrón, le ha hecho aparecer como una víctima más de la temeridad de su colega consular. Pero, ¿realmente fue así? De haber sido el cónsul superviviente el máximo responsable de la derrota, ¿cómo se puede entender que le fuesen otorgados mandatos proconsulares con mando en tropa durante los siguientes tres años 215, 214 y 213 a.C. y de nuevo en 208 y 207 a.C. en el avispero etrusco? No olvidemos que la negligencia en el mando también fue castigada por los romanos, como se ve en el caso de Cneo Fulvio Flaco en 212 a.C. (Livio, AUC, XXVI, 2-3). Aparte de la tradición prosenatorial de gran parte de los autores clásicos, no podemos olvidar que por ejemplo Polibio escribió bajo la protección de la familia Escipión. El cónsul fallecido era el padre de la futura esposa de Escipión Africano y por vía sanguínea el abuelo del futuro Escipión Emiliano, quien compartiera largos años junto al autor griego. Es pues bastante probable que en su momento se considerase en Roma que Emilio Paulo fue al menos tan responsable como Varrón. A fin de cuentas ambos actuaban siguiendo instrucciones de la Asamblea popular. Y sabemos que en el consejo de guerra previo al combate, por mucho que se presente a Emilio y Servilio Gémino como opuestos al sentir mayoritario, había al menos una clara mayoría a favor del enfrentamiento.

Cabe también recordar el severo castigo que el Senado impuso a las tropas romanas supervivientes de Cannas, las cuales fueron desterradas a la isla de Sicilia a inicios del consulado del año siguiente (215 a.C.) (Livio, AUC, XXIII, 25, 7), permaneciendo allí hasta que en 204 a.C. fueron enviadas a África bajo mando de Escipión, iniciando una exitosa serie de enfrentamientos con las fuerzas púnicas que culminó en 202 a.C. con la derrota del ejército de Aníbal en Zama.

Por último, Cannas también supone el primer destello del futuro Escipión Africano, quien en un episodio posiblemente magnificado e idealizado por los historiadores de la época, habría evitado un motín de nobles romanos que pretendían entregarse al enemigo justo después de la batalla (Livio, AUC, XXII, 53, 1-13).

¿Debió Aníbal atacar Roma tras Cannas?

Mucho se ha escrito sobre si la gran oportunidad del general cartaginés para ganar la guerra fue dirigirse contra la ciudad de Roma inmediatamente después de la batalla de Cannas por estar la urbe en esos instantes indefensa y la República en estado de shock.

Especular sobre lo que hubiera ocurrido siempre alberga grandes incertidumbres, pero hay elementos objetivos que permiten afirmar que la ciudad de Roma no estaba indefensa pese al tremendo golpe sufrido, y que los romanos no tenían intención de pedir la paz a Cartago. El primero de ellos es la existencia de dos legiones urbanas a las cuales alude Tito Livio (AUC, XXIII, 14, 4). Adicionalmente son reforzadas por 1.500 hombres alistados para la flota. Otro factor a considerar es la rapidez con la que los romanos alistaban un nuevo ejército, facilitado por la existencia de soldados veteranos de otras campañas que en esos instantes no estaban en servicio pero que estaban censados y a los cuales se podía llamar con relativa rapidez. Tras Cannas, el Dictador Pera fue capaz de poner un ejército operativo de 25.000 hombres en los alrededores de Casilino alrededor de mitad de noviembre, tan solo 3 meses después del desastre.

Además tenemos la mala experiencia de Aníbal en los asedios que había intentado desde su llegada a Italia dos años antes, en especial Placentia y Spoletium, que denotan que la poliorcética no era el arte de la guerra que mejor dominara el ejército cartaginés.

A nivel político, la voluntad de lucha romana queda constatada (Livio, AUC, XX, 58,11) con el rechazo a recibir al jefe de caballería púnica Cartalo, quien se dirigió a Roma junto a los 10 prisioneros, con el fin de negociar los términos de un acuerdo de paz.

Todos estos factores debieron ser tenidos en cuenta por el general Bárcida para preferir afianzar territorios que aventurarse en un asedio de resultado incierto.

Pese a todo, siempre nos quedará la mítica frase de Maharbal, uno de los lugartenientes del general cartaginés en Cannas: “Verdaderamente, los dioses no han querido dar todas las virtudes a la misma persona. Sabes sin duda, Aníbal, cómo vencer, pero no sabes cómo hacer uso de tu victoria” (Vincere scis, Hannibal, victoria uti nescis)

Bibliografía

Tito Livio, “Ab urbe condita”, Ed. Gredos.

Polibio, “Historias”, Ed. Gredos.

Apiano, “La guerra de Aníbal”, Ed. Gredos.

Dion Casio: “Historia de Roma”, Ed. Gredos.

Frontino: “Estratagemas”

Plutarco: “Vidas paralelas”, “Vida de Fabio Máximo”

Eutropio: “Breviario de la historia de Roma”

Paulo Orosio: “Historia contra los paganos”

Aulo Gelio: “Noches Áticas”

Macrobio: “Saturnalia”

Veleyo Paterculo, “Historia romana”, Ed. Gredos.

Zonaras, “Epitome Historion”, Ed. Gredos.

I venti della Puglia

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Saggio politico su la populazione, e le pubbliche contribuzioni del Regno delle due Sicilie al di quà del Taro -Mauro Luigi Rotondo

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